jueves, 15 de diciembre de 2016

Sueños y realidades

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Hacía tan solo siete meses que Andrea se había casado y se dio cuenta de que su matrimonio hacía agua por todas partes. Eso no es lo que esperaba de su nueva vida. Empezó a notar que algo iba mal porque ella daba mucho pero solo recibía frialdad  e indiferencia. 

Inconscientemente, también percibía las grandes lagunas de su estado actual. Lo veía en sus sueños. Andrea soñaba mucho y aquellos maravillosos sueños en color, que cuando estaba soltera le alegraban la vida se habían esfumado.. cuando esto sucedió, aún le quedaban los sueños de volar que eran reconfortantes y bastante frecuentes; sin embargo, últimamente habían sufrido una transformación que le preocupaba porque decían bien a las claras que algo no funcionaba bien en su vida de pareja. Estos sueños de volar, cunado los tenía antes de casarse hacían que se sintiera libre por el espacio; volaba en todas direcciones, como los pájaros. La sensación de ingravidez la llenaba de gozo. sentirse dueña de toda aquella inmensidad, de recorrerla sin limitaciones le hacía despertar llena de optimismo. Ahora era distinto. La primera decepción la tuvo cuando, de pronto, mientras volaba, tropezó con una especie  de campana invisible, como si fuera de cristal que le impedía salir al espacio; probó a escapar en todas direcciones, pero se encontraba con aquella campana que le coartaba la ansiada libertad. Creyó que esta sensación sería pasajera pero no fue así. Sucedía cada vez que soñaba con vuelos. Esta situación le producía angustia y despertaba llena de tristeza; era una tristeza como pegajosa, de la que no podía desprenderse.

Sus sueños en color se habían vuelto grises como su vida. Su afán de volar buscando libertad era solo un simulacro. Empezó a sentirse tan agobiada, tan falta de ilusión, que creyó estar en un callejón sin salida. Sin embargo, algo allí en lo hondo le decía que encontraría la manera de salir y a esa esperanza se aferraba.

lunes, 31 de octubre de 2016

Murió sin avisarme

Autora: Carmen Sánchez


No lo pude evitar y murió sin avisarme. Quizás estaba demasiado distraída y no presté atención a las señales que mostraba o, simplemente, su cuerpo se paró y se negó a seguir luchando, incapaz de tanto esfuerzo.
Me ha abandonado cuando más lo necesitaba, me ha dejado sola y aislada frente a este mundo vertiginoso, que me arrastra y me supera.
¿Cómo avisaré a los amigos? ¿Cómo lo comunicaré a los que no son amigos, per lo deben saber? Estoy perdida en este caos, que supone su ausencia. Las personas queridas, ya lo saben t su calor me anima a seguir adelante. Seré fuerte. Iré a una tienda y compraré otro móvil.
 

domingo, 30 de octubre de 2016

Una atracción irrefrenable

Autor: Antonio Cobos


¡No lo pude evitar! ¡ Y me sentí tan mal al hacerlo, que los sentimientos de culpabilidad, adormecidos durante meses, me invadieron y me convirtieron en un ser despreciable ante mi mismo. Estuve toda la tarde dándole vueltas en mi cabeza, intentando evadirme de ese sino, que parecía ineludible. Pero, fue algo superior a mi voluntad y a mi razón. No pude decir que no. Mi comportamiento fue el de una marioneta sometida a una voluntad externa, o el de un zombi de conducta involuntaria afectado por unas leyes incomprensibles para un ser humano sensato y racional. Además, el hecho de ocurrir a media noche, cuando todos dormían y nadie podía observarme, añadió morbosidad al delito. Caminé a oscuras hasta mi destino, puse mi mano en el pomo de la puerta y la abrí con suavidad, sin el más leve ruido. Sabía donde estaba y alargué los dedos hasta llegar a tocarlo, y con una sonrisa involuntaria de satisfacción, lo aprisioné como pude, lo abrí, cogí un trozo y lo deposité en la boca para deshacerlo lentamente con la lengua. ¡No me martirices más, conciencia!. ¡Ya sé que no me hace bien el chocolate y que tengo descontrolada  la diabetes!
 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Decisión

Autora: Pilar Sanjuán

No lo pude evitar. Cuando sus ojos me miraron, sentí que mi ánimo desfallecía. Noté una conmoción en todo mi ser. Una alteración en mis sentidos. Era como flotar.
Me dio miedo sucumbir a ese encantamiento, pero mi voluntad estaba perturbada. Eran unos ojos profundos, una mirada honda que me atravesaba como si yo fuera de cristal. Si seguía mirándome así, no me quedarían fuerzas para resistirme. Él se acercó sin dejar de mirarme. Cuando estuvo junto a mí alargó su mano buscando la mía. Yo, como una autómata, se la di y lo seguí colgada de aquella mirada, sin poder evitarlo.

lunes, 24 de octubre de 2016

Miguelito, angelito.

Autora: Elena Casanova

No quería hacerlo, sabe dios que no era mi intención, pero la capacidad de aguante tiene sus límites y los míos son bien  estrechos. Así es cómo sucedió:
Después de una odiosa mañana en el trabajo a causa de una pelea con un compañero, de vuelta a casa me senté en la terraza de un bar  pensando que una cerveza  sería más que  suficiente para apaciguar mi ánimo y volver más relajada. Casi todas las mesas estaban ocupadas en un ambiente distendido. Me senté en una soleada esquina y  pedí al camarero una caña. Los primeros  sorbos me supieron a gloria y casi de inmediato olvidé rencillas y malas caras.

Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y  cara de pocos amigos.  Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules,  vivaces y desafiantes,  se posaron en  mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en  una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron  cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición  y a los pocos minutos   arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas  con un agudo  y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a  protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.

Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario,  aceleraba el  ritmo de sus pies  por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar.  —Miguelito, cielo, ven aquí cariño ­­—volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el  concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.

Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitándole primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.

La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos, por fin al saber a su niño feliz.  

Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con  mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida rescató a su pequeño y .se lo llevó.

No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y  poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y  parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.

Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Un extremo lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo  se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una profunda calma invadió mi alma.

lunes, 3 de octubre de 2016

Historia con crimen


Autora: Pilar Sanjuán


San Sebastián. Es febrero de 1900. La ciudad bulle ya con un aire nuevo. Ha comenzado el último año del S. XIX y el XX está a la vuelta de la esquina. Hay en las gentes como una impaciencia por ese comienzo de siglo. La ciudad está de moda en Europa. La Regente, Dª Mª Cristina, pasa temporadas en ella y París exporta sus modelos que tienen aquí tanto éxito como en la capital francesa. Los parques son una orgía de color a pesar de ser invierno, porque las damas lucen sus atuendos malvas, rojos, verdes o fucsias de forma desinhibida. Abrigos entalladísimos que marcan las breves cinturas y los bustos opulentos, acompañados de manguitos de piel de nutria, castor o visón, a juego con los cuellos, son rematados por sombreros voluminosos con adornos increíbles. La temperatura es suave y el uso de manguitos obedece más a la coquetería que a la necesidad. Al sacar las manos de aquel “refugio”, las muestran suaves, blancas y tibias, sin rojeces ni sabañones (¡Horror; sabañones, qué ordinariez!).
 Por las avenidas aún predominan los coches de caballos, pero ya se van abriendo paso algunos con motor: los primeros Peugeot y Renault, que son conducidos casi siempre por sus dueños, muy orgullosos, tocando ruidosamente el claxon. Si a su lado está sentada una dama cuyo sombrero lucha por acomodarse dentro de la cabina, el orgullo es doble, pero siempre es mayor el que siente el caballero por el coche, que por la dama.
Cambiemos ahora de escenario.
Estamos en la lujosa residencia, en plena playa de La Concha, de la familia Santaolalla-Vasiliev, formada por D. Manuel, de 53 años, Diplomático, y Dª Mª Alexandra, de 29, natural de San Petersburgo.
Esa mañana de febrero, todo es tranquilidad en la mansión. El señor lleva dos días fuera, en Biarritz, por asuntos de trabajo. En la casa está la señora, que aún no se ha despertado, y la servidumbre: el ama de llaves, Dª Aránzazu, Teresa la cocinera, Juan, un criado, Iñaqui el jardinero y tres doncellas: Idoia, Begoña y Nadia, ésta de 25 años, llegada de Rusia a la vez que su señora, y que la atiende como primera doncella.
Son las diez de la mañana y Nadia, como todos los días, le lleva a Dª María Alexandra el desayuno en bandeja de plata. Su delantal y su cofia son de un blanco deslumbrante.
Antes de entrar llama suavemente con los nudillos, luego entra y a los pocos segundos se oye un grito y el ruido de una bandeja que cae al suelo. Toda la servidumbre, sobresaltada, corre hacia el dormitorio de la señora. En ese momento Nadia aparece en la puerta, palidísima y con cara horrorizada. Dice temblorosa:
   - ¡Muerta! ¡La señora está muerta!
Todos entran precipitadamente y el espectáculo es aterrador: el cuerpo de Dª Mª Alexandra yace sobre la cama con el camisón y las sábanas empapadas en sangre y el cabello revuelto. La impresión es tan grande que nadie acierta a decir nada. Entra de nuevo Nadia, se arrodilla junto a la cama y abrazada al cuerpo de la señora, llora sin consuelo. Dª Aránzazu, algo más dueña de sí que los demás, dice con autoridad:
   - Hay que avisar al señor y al Comisario. No toquéis nada, salid y cerrad la puerta. Yo voy a llamar por teléfono.
Les cuesta arrancar a Nadia de allí; luego salen todos. Las doncellas no dejan sola a su compañera, que llora y se lamenta sin cesar.
La señora Aránzazu hace dos llamadas. Todos están aturdidos y no saben qué actitud tomar.
Media hora más tarde llega el Comisario con un ayudante. El ama de llaves lo lleva al dormitorio donde pide que lo dejen solo. Su ayudante se ha quedado junto a la servidumbre.
Después de un rato bastante largo, aparece el Comisario y ruega que lo acompañen al jardín. Allí, bajo el ventanal del dormitorio de los señores, observa cuidadosamente el suelo y el árbol que crece pegado a la fachada, justo bajo el alféizar del ventanal. Luego entra en la casa y en el despacho de D. Manuel va interrogando uno a uno a todos, entreteniéndose mucho más en Nadia.
Han pasado dos horas y media desde la llegada del Comisario y se oye el ruido de un motor en el jardín. Entra el Sr. Santaolalla con el rostro demudado y acompañado, se dirige al dormitorio; el policía observa las reacciones en el rostro del señor; éste, a la vista del cadáver se siente desfallecer y toma asiento. Sólo dice de vez en cuando:
   - ¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo es posible?
El Comisario deja a D. Manuel que se reponga y luego le ruega que lo acompañe a su despacho para interrogarlo.
Casi una hora después salen y se dirigen al jardín, bajo el ventanal, donde hablan un buen rato.
 Por fin entran en la casa y el Comisario ruega a todos que tomen asiento. Tiene el aire grave de la persona que va a decir algo trascendental. Todos están expectantes, menos D. Manuel que, derrumbado en un sillón, está como ausente.
El Comisario, con voz un tanto alterada, dice:
   - Sé quién ha cometido este horrible crimen y lo voy a comunicar. Va a ser un golpe tremendo para todos ustedes.
Antes de ese momento tan apasionante, hagamos un poco de historia del matrimonio.
Hace cinco años, D. Manuel, por asuntos diplomáticos, tuvo que ir a San Petersburgo a entrevistarse con el Embajador español en Rusia. En la Embajada, en una fiesta, conoció a una jovencita bellísima de 24 años, de familia aristocrática. Al Diplomático no sólo le llamó la atención por su belleza; era además una joven muy cultivada, con la que pudo conversar en francés y en español, idiomas que ella conocía a la perfección. En ruso hablaron de Literatura. D. Manuel quedó maravillado de aquella joven y se sintió atraído por ella. La atracción fue mutua, pues a pesar de la diferencia de edad - él tenía 48 años - su aspecto juvenil y atractivo y sus modales de hombre de mundo cautivaron a Dª Mª Alexandra, que pronto olvidó a su primo lejano Fiódor, con el que tenía una relación amistosa, a pesar del empeño de ambas familias para que se transformara en algo más.
D. Manuel y la joven se vieron con asiduidad durante un tiempo y él se decidió a pedir su mano. Los padres accedieron, deslumbrados por el brillante porvenir del que parecía gozar el Diplomático. Por su parte, Dª Mª Alexandra estaba encantada ante la perspectiva de vivir en San Sebastián, ciudad que ya conocía.
Se casaron y el viaje de novios consistió en la inauguración del ferrocarril que unía El Cairo con Jartum, en Sudán, a la que el Diplomático estaba invitado. Fue maravilloso, pero la admiración que su mujer despertaba en todas partes empezó a molestar a su esposo, que poco a poco fue descubriendo un temperamento celoso que sorprendió a Dª Mª Alexandra. Los accesos de mal humor, a duras penas disimulados, ensombrecieron el final del viaje.
Ya instalados en San Sebastián, todo volvió a la normalidad. Sólo algún pequeño episodio de celos si los escotes de ella eran más pronunciados de lo que él consideraba razonable, y que la joven zanjaba tapándose un poco más,  perturbaban ligeramente la convivencia. Luego aumentaron con el disgusto, si él estaba ausente, de saber que ella había ido a la Ópera o al Teatro con sus amigas y los esposos de ellas. Dejó de ir, así como a pasear por los parques, siempre acompañada de otras damas. Dª Mª Alexandra fue dándose cuenta de que su radio de acción se iba limitando cada vez más y se quejó a su marido. El amor de D. Manuel por su esposa era tanto que quiso curarse de aquella enfermiza tendencia a los celos. Visitaron a un Psiquiatra austriaco que iba alcanzando en Europa gran renombre: Freud: curaba las neurosis y las histerias con un procedimiento nuevo: el psicoanálisis, y al parecer obtenía verdaderos éxitos. Lo visitaron varias veces y el Sr. Santaolalla se sometió a un tratamiento severo, que parece que alivió sus traumas, con gran alegría de su esposa y de él mismo.
Los celos de D. Manuel parecían superados, pero en realidad seguían latentes. Después de períodos de tranquilidad, alguna nimiedad volvía a provocar situaciones de tensión y cambios de humor repentinos.
El Diplomático comprendió que no había sido del todo sincero con el Dr. Freud; no le había desnudado por completo su alma; en su inconsciente quedaba algún deseo reprimido  y esto hacía incurable su enfermedad.
Y entre luces y sombras, pasaron cinco años de matrimonio; se alternaban momentos felices con otros de zozobras y sobresaltos.
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Hemos llegado al momento presente, después del suceso terrible del asesinato de Dª Mª Alexandra. El Comisario se dispone a decir el nombre del asesino.
Consciente de la expectación que suscita, espera unos segundos que a todos les parecen interminables.
   - Sé que mis palabras les van a causar un impacto terrible y lo siento. Los hechos han ocurrido así: Esta pasada madrugada, D. Manuel vino de Biarritz, dejó el coche un poco alejado y entró en la casa trepando por el árbol bajo el ventanal (esto lo había hecho muchas veces de niño). Asesinó a su pobre esposa a causa de un ataque de celos incontrolable: dos días antes encontró en el cajón secreto del escritorio de Dª Mª Alexandra un paquete de cartas de su primo Fiódor en las que le declaraba su amor una y otra vez.
En este momento Nadia, como movida por un resorte, se levantó y dirigiéndose al Comisario, dijo de manera entrecortada en un español muy aceptable:
   - Sr. Comisario: yo sabía de la existencia de esas cartas, porque mi señora no tenía secretos para mí. Ella no les daba la menor importancia; es más, no contestó ni a una sola de ellas. Las guardaba por respeto a su primo, pero más de una vez estuvo a punto de romperlas sabiendo lo celoso que era D. Manuel.
Dicho esto, Nadia se volvió hacia su señor y con gran enojo le dirigió estas palabras:
   - No puedo seguir ni un momento más bajo el techo de quien ha cometido un acto tan bárbaro e injusto con mi señora, jamás le perdonaré.
Se dio media vuelta y salió apresurada del salón ante el asombro de todos. D.  Manuel se hundió más en el sillón y se tapó la cara con las manos, sollozando sin importarle el espectáculo que daba ante todos los presentes.
El comisario esperó respetuosamente a que el Diplomático recuperara la compostura. Luego se acercó a él y dijo:
   - Acompáñeme.

El Sr. Santaolalla se levantó trabajosamente y todos quedaron conmocionados al ver su aspecto: había perdido toda su apostura; su espalda y sus hombros se habían curvado, su cabeza se inclinaba sobre el pecho y sus andares, tan firmes otras veces, ahora eran inseguros y vacilantes. Había envejecido diez años en pocas horas.

domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Te han invitado?

Autora: Carmen Sánchez

La víctima aún no sabe que ha sido seleccionada. Su marido, amiga o amante la ha invitado a pasar un fin de semana diferente. Ingenuamente, el elegido piensa que va a disfrutar unos días estupendos, en el “Palacio Méndez”.

Este lujoso palacete fue construido en 1900 por los Marqueses de Méndez. La residencia tiene diez habitaciones con baño, dos salones de verano y otros dos de invierno, con chimenea. Cuenta también con una amplia cocina, bodega, garaje y amplios jardines con vistas al mar y acceso directo a la playa. Dispone además, de una capilla familiar y un pequeño cementerio privado.

Por su parte, el guarda del palacio sabe que los invitados vienen acompañados. Suelen ser personas hastiadas de su vida, que buscan emociones un poco más fuertes. Necesitan experimentar que pierden el control de su entorno. Saben que van a participar en un juego relacionado con la muerte, con la muerte de otros, por supuesto. El último grupo llega una tarde gris de febrero.

La primera impresión cuando ven el edificio, es de decepción, porque creen que el aspecto exterior del palacete es una impostura, pero la realidad es que el tiempo lo ha modelado hasta conseguir la imagen sombría que presenta. La piedra está tan oscura que parece calcinada. Las torres, coronadas por chapiteles de pizarra negra, perfilan con sus agujas puntiagudas el cielo plomizo. Los altos ventanales aparecen cegados por el polvo acumulado durante décadas. Los secretos de la casa no deben salir fuera.

El chirrido de la verja herrumbrosa avisa al guarda, el hombre de cuerpo enjuto y ademanes pausados, muestra una palidez extrema en rostro y manos, casi se diría que es de la época de la casa.

Cuando los invitados entran en el vestíbulo se quedan estupefactos. Ante sus ojos hay una majestuosa escalera de roble, con guirnaldas talladas en la baranda. El parqué reluciente dibuja infinitos trazos geométricos. Las arañas de cristal brillan con mil destellos. Las cortinas de terciopelo acarician las paredes tapizadas de raso verde. El interior de la casa es espectacular. Todo está intacto y conserva el refinamiento de la época, como si no hubiera pasado el tiempo.

El guarda interrumpe las miradas expectantes de los huéspedes para contarles la tragedia del palacete.

-        El marqués, D. Manuel de Méndez, de noble cuna, viajó a América. Pasado un tiempo regresó muy rico y acompañado de su esposa, Dª María. Ella era una joven indiana muy hermosa, a la que el señor amaba con locura. Este palacio es la demostración de cuánto la adoraba.

Y continuó:

-        Sin embargo, la felicidad que irradiaban era tal, que a su alrededor comenzaron a crecer envidias y maledicencias. Así, los celos mortificaron al marqués día y noche hasta que, en un arrebato de ira, mató a su esposa y luego arrepentido del crimen, se suicidó.

-        Desde entonces- siguió- el palacio está como ellos lo dejaron. No vive nadie, sólo yo abro cuando vienen los huéspedes y cierro cuando se marchan.

Dicho esto, el guarda se retira y el juego empieza.

Para comenzar, cada visitante recibe un formulario donde debe indicar, entre otros datos,  la persona que lo ha invitado. Aparentemente todos los impresos son iguales, pero uno tiene consignado la opción: “Finalizar juego”. Su acompañante no saldrá de la casa vivo.
 

La espera

Autora: María Gutiérrez
 
Se lo dijo varias veces, ella sonreía, aunque seguramente pensaba que él tenía razón y que no pretendía hacerle sufrir innecesariamente. A sus veinte años, Manuel era ya tremendamente sensato. Necesitaba cambiar de vida, dejar de sentirse atado a unas tierras que ya no producían lo necesario y a las que llevaban atados varias generaciones.

María solía contestarle que esperara un poco y tuviera  paciencia que todo esto podía ser pasajero y pronto podría mejorar la situación. No cesaban de llegar noticias sobre la emigración de españoles desde distintos puntos de la geografía española hacia Cuba. En esta isla se daban las condiciones idóneas para el cultivo del mejor tabaco del mundo. Necesitaban mano de obra de agricultores que aportaran su experiencia. Los cubanos no piden muchos requisitos, que sean preferentemente varones entre 18 y 40 años y sobre todo que estén sanos. Era el boom del momento.

Una mañana del 15 de Febrero de 1900, partió Manuel  desde el puerto de Tenerife en un barco de vapor, dispuesto a cruzar el Atlántico y cumplir su sueño de hacer “Las Américas” con rumbo a La Habana en busca de fortuna. Envueltos en lágrimas se despiden Manuel y María. Él le promete  que pronto volverá y ella ahogada en llanto, que siempre lo esperará´

Durante unos años, no paran de cruzarse cartas de amor llenas de sueños y promesas. María las va guardando como el mejor de los tesoros ya que es todo lo que le queda de él, junto a una foto en blanco y negro que él le dedicó.

Cuando se es joven, eres tan impaciente, que cada día, cada minuto que pasas  sin estar al lado de tu amor, se te hace insoportable y eterno, pudiendo llegar a considerarlo como una auténtica tragedia. Ella se pregunta  continuamente: ¿Cuándo volverá  Manuel? ¿Serían falsas las promesas  y solo era teatro, en su papel más hipócrita?

Con frecuencia, María acude a casa de Juana la hermana que ya solo le queda a Manuel. Esta no deja de ofrecerle  muestras de cariño y acogimiento, pero también la anima  para que ella  siga su camino. Le quiere dar a entender que no se haga demasiadas ilusiones esperando a que Manuel regrese, que deje ya un poco de lado el pasado y comience a vivir la vida. Ella no hace mucho caso y sigue alimentándose de recuerdos, acabando siempre  desesperada  y hundida.

Cuantas veces  se ha sentido convertida en dulce abuela, rodeada de sus nietos aunque nunca  ha llegado a ser madre. Necesita  reanimar su corazón destrozado y casi consumido. A pesar de todo, sigue soñando vestirse de blanco azahar…

No está dispuesta a tirar la toalla, continua  amando la vida  aunque la plenitud  ha quedado  bastante atrás y ella lo sabe de sobra. Nota como su cuerpo se va desquebrajando, derrumbando poco a poco. Para consolarse piensa, que el destino ha influido bastante  en todo lo que está ocurriendo, en lo bueno y en lo malo y esto la tranquiliza un poco. Piensa a veces  que la vida le ha escupido, le ha dado  un poco de lado.

Ese viaje que Manuel hizo a La Habana en plena juventud, prometiéndole que muy pronto volvería,  ¡Que lejos se está quedando!! Se está  convirtiendo en cenizas… Su cabello se ha tornado  en gris, tirando a blanco. Se mira al espejo y retoca su pintura apagada y marchita, sacando una sonrisa al pensar que Manuel  pudiera volver de repente.

Cada día va a la playa, pasando horas y horas, mirando a la lejanía, no se cansa de esperar por su en algún momento  el mar le devuelve a su amor en un barco de vapor. Para ella  no hay noche ni día. ¡Cuántas  lágrimas lleva derramadas!

Uno de los días que  acudió a visitar a su cuñada Juana, esta tuvo que ausentarse un breve tiempo de la casa. Mientras, María aprovechó el rato viendo fotos  de la familia, encontrándose con algo que la hizo palidecer. Al volver  Juana  no encontró  a María en la casa, no le dio  mayor importancia, simplemente pensó  que se habría cansado de esperar aunque se había ausentado un breve espacio  de tiempo.

No podía ni imaginar la última  noticia  que le llegaría. María había sido encontrada muerta en la playa. A  su lado había un sobre con matasellos cubano. Dentro se encontraba una página  de un diario de Cuba de hacía 39 años en la que informaba que Manuel  había sido encontrado muerto en la playa, víctima de un robo.

Entre sus pertenencias, encontraron un billete con destino  a España.

 ¡¡Al fin estaban juntos!!

Las rosas de Hafelti

Autora: Elena Casanova


A María solo le queda mirar el último regalo que su marido le trajo de tierras lejanas. Todas las noches, antes de irse a la cama, se acerca al parador del comedor adornado con un jarrón de porcelana que contiene un insólito ramo de Flores; desliza suavemente las yemas de sus dedos por los pétalos al mismo tiempo que susurra una sencilla oración para Luis,  el hombre con el que  un día  decidió compartir su vida.

María y Luis se casaron un oscuro y frío mes de febrero de 1900. Vivían en una casa enorme junto a la playa. No habían tenido hijos, y María echaba de menos la maternidad, se le hacía muy cuesta arriba una vida sin vástagos a quienes cuidar y un marido que se pasaba demasiado tiempo viajando por el país y extranjero como comerciante de telas. Su última salida se prolongó por un año al hacer un recorrido por los países del Mediterráneo.  De ese largo periplo, aparte de  sedas, tafetanes y rasos, obsequió a María con un magnífico ramo de rosas secas, cuya singular belleza radicaba en el  intenso color negro de sus pétalos.

María, gran aficionada a la botánica, destripaba todos los libros que sobre el tema caían en sus manos, y su jardín era uno de los más bonitos y mejor cuidados de toda la ciudad. Tan maravillada quedó con aquellas rosas que  no paró de investigar hasta que dio con  la información que había de aquellas  plantas tan insólitas. Así supo que estas flores, únicas en el mundo, se criaban en una pequeña localidad turca, Hafelti, debido a la condición del suelo y el nivel del PH de sus aguas subterráneas filtradas del río Eúfrates. Y con gran sorpresa también descubrió un mundo paralelo relacionado con la magia y los conjuros.

A los dos meses de su llegada, Luis le comunicó que tardaría poco  en volver a marcharse para explorar el nuevo mercado de tejidos que se estaban extendiendo por toda Europa.  Maria se quedó triste y muy abatida por la noticia, no se hacía a la idea de otra larga temporada en la soledad de aquella casa tan grande y tan vacía. Tenía que hacer algo y pronto para impedir su partida. Trató de convencerlo para que se quedara en la ciudad, trabajar en un negocio más modesto y poder estar juntos. Todo esfuerzo fue inútil; en realidad Luis era una persona inquieta y permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio era algo inconcebible. María lo sabía desde siempre pero nunca perdió la esperanza de un cambio de actitud con el tiempo.

A la mañana siguiente, mientras Ágata servía el desayuno, los ojos de María se quedaron fijos las rosas negras, y de pronto creyó tener la solución para retener en casa a su marido. Habló con la criada para insinuarle que la magia de esas flores sería la solución para evitar la marcha de Luis. Ágata que había criado desde pequeña a María y no soportaba verla tan triste, la ayudaría de una forma más práctica, para ella  los encantos y brujerías no resolverían nada.

 En cuanto Luis abandonaba la casa, las dos mujeres se escondían en la cocina y realizaban el conjuro de las rosas de Hafelti. Junto a una foto del marido colocaban  un mechón de pelo, una vela y una rosa negra. Acto seguido un texto en latín era todo lo necesario para llevar a cabo la ceremonia. Lo que ignoraba Maria era que todos los días, en la taza de café de Luis, iba disuelta una pequeña cantidad de matarratas. A Luis no le quedó más remedio que  suspender su viaje al encontrarse muy débil y con unas sospechosas manchas en la piel.

Durante los primeros síntomas, María se encontraba muy cómoda cuidando y mimando a su marido de la mañana hasta la noche. Daba las gracias una y otra vez por tenerlo a su lado, nunca lo había sentido tan cerca. Pero la alegría no duró demasiado. Los primeros signos no desaparecían sino que cada vez eran peores. Junto al cansancio, la confusión, las naúseas y los vómitos se convirtieron en habituales. La piel era un velo pálido, así como sus labios y conjuntivas. Las molestias abdominales eran muy intensas y ya no se sentía capaz de salir de la cama. El médico lo visitaba todos los días pero ninguno de sus remedios parecía hacerle efecto, fue incapaz de diagnosticar la enfermedad. Una madrugada, por fin, Luis dejó de respirar y de sufrir, tras una  noche  de diarreas sanguinolentas,  convulsiones y grandes dolores.

Lo enterraron una tarde brumosa, silenciosa, tan misteriosa como  la  misma muerte. El féretro estaba rodeado de unos pocos conocidos a quienes la existencia aún les daba una tregua  y entre los cuales había tres personas que se sentían responsables de aquel cuerpo sin vida. María, por haber coqueteado con el mundo de la hechicería y el ocultismo. Su médico, por la impotencia de no haber podido hacer nada por ese desgraciado. Estaba convencido que había contraído esa extraña enfermedad en algún rincón de los  países que había frecuentado. Y Ágata,  aunque  no se sentía orgullosa de lo que había hecho, sí que sentía cierto alivio. Por  fin su señora se sentiría en paz y no sufriría más por el desplante y el abandono de un hombre.

viernes, 23 de septiembre de 2016

La charca de cristal

Autor: Antonio Cobos

Llevaba un minuto de conducción cuando se dio cuenta de que iba sin dinero y sin tarjetas. Se encontraba justo en el cruce con el camino peatonal que llegaba hasta la urbanización y que ascendía desde la carretera, visitando las doce casas del encajonado valle. Sin saber muy bien por qué, en lugar de dar la vuelta con el coche, decidió aparcar en aquel pequeño ensanchamiento y prefirió subir hasta su casa a pie. Le apetecía estirar las piernas. “No serán más de cinco minutos” – pensó - , ya que aunque empinada, la vereda ascendía directamente hacia aquella copropiedad que había surgido de la nada, en medio de un paraje natural encantador y a la que habían tenido la suerte de acceder, junto a otros once vecinos privilegiados. Su vivienda además, era la primera que se encontraba al subir y la que disfrutaba de mejores vistas hacia todos lados. Las casas estaban estratégicamente situadas en el alto y diminuto valle, y esparcidas de tal manera, que los árboles y la demás vegetación que existía entre ellas, inducía en sus habitantes la sensación de estar aislados, sin en realidad estarlo. Cuando dejó la vereda principal y se aproximó a su hogar por la retaguardia del edificio, le extrañó ver la pequeña moto de su amigo y vecino, como escondida entre los arbustos de la parte de atrás. Estaba caliente. Se aproximó a la puerta e introdujo la llave silenciosamente para intentar evitar la regañina segura de su mujer por haberse ido sin dinero, algo que hubiera sucedido inevitablemente de haber vuelto conduciendo el sonoro y delatador todoterreno. Si podía coger el monedero sin ser visto, se evitaría el rapapolvos.

Se acercaba al dormitorio sigilosamente, cuando escuchó en la cocina la peculiar voz de su vecino:
- ¿Adónde lo has enviado hoy?
             - Le he hecho tres encargos – oyó decir a su esposa -, pero las cortinas de la lavandería no estarán hasta las doce, y yo a él le he dicho que estaban a las once, con lo cual tendrá que esperar una hora como mínimo. Por lo menos, dispondremos de ese tiempo, más los veinte minutos de bajar y subir.

Después de esas palabras, lo que el olvidadizo marido escuchó, agudizando el oído, fueron unas risitas y unos jadeos que resultaban a todas luces inconfundibles. Sin saber como reaccionar, cogió su monedero-billetero y salió silenciosamente de la casa. Llegó en cinco minutos hasta su vehículo y, como un autómata, condujo hasta el cercano pueblo con una marcha reducida como si la imposibilidad de pensar y la lentitud de sus movimientos se hubieran traspasado asimismo al coche.

La ciudad más cercana, o el pueblo en realidad, ya que la población no alcanzaba tal categoría, agrupaba a unos cuantos miles de ocupantes en verano y no llegaba al millar de habitantes durante el resto del año. No obstante, no estaba mal equipada y con la llegada del estío y la presencia continua de la pequeña y lujosa urbanización de la sierra, los lugareños más emprendedores habían montado negocios y esperaban un impulso económico con mayor ilusión que resultados. Una pequeña lavandería que funcionaba en los periodos de vacaciones, dos sucursales bancarias de marcas enfrentadas, tres modestos autoservicios de gente del lugar, cuatro restaurantes, cinco bares y tabernas, y una media docena, de pequeños y variopintos comercios cubrían las necesidades de los vecinos y de los veraneantes. El hecho de que la capital de la comarca estuviera próxima no colaboraba mucho a que aquel pequeño núcleo de población se desarrollase a gran escala. Había un hotel pequeño y uno mediano, que estaban completos en los meses de vacaciones y que escasamente cubrían gastos durante el resto del año gracias a los fines de semana. En los meses de calor se abría una piscina municipal, y en un lado de la original plaza mayor, se proyectaban películas al aire libre, bajo la organización de la concejalía de cultura del ayuntamiento. En la plaza habían abierto algunos establecimientos de telefonía que convivían con una tienda de electrodomésticos, una ferretería antigua y dos de los restaurantes citados anteriormente. Los otros dos sitios para comer, más renombrados y visitados, se hallaban junto a la orilla del río, uno en cada margen, junto al puente. Poco más había en Pueblo Empedrado (anteriormente Sitio Perdido), nombre apropiado para una población que presumía ya desde antiguo, de tener bien urbanizadas todas sus calles y plazas, y que era como esas familias de abolengo venidas a menos, pero orgullosas de sus orígenes.

Durante la espera en la lavandería, mientras planchaban las cortinas, nuestro amigo consiguió comenzar a pensar y a ser consciente de la realidad que le estaba tocando vivir. Más tarde, con sumo cuidado para que no se arrugaran, el marido engañado,  transportó las telas desde el coche hasta la casa y las depositó encima del sofá.
- ¿Ya estás aquí? – preguntó su esposa desde lejos, y añadió – ¡Has tardado mucho!
- Me han tenido un rato esperando – replicó levantando la voz -  Me dijeron que nos habían dicho que las recogiéramos a las doce, y no a las once.
- ¡Hay que ver como son! Dicen lo que les parece - comentó en voz alta, y añadió, como para sí misma, pero de manera perfectamente audible -¡Qué informales! Ya se sabe que en los pueblos nunca tienen prisa.

Quién viera a aquella desigual pareja, sin conocerlos, podría pensar con facilidad que eran padre e hija. Se habían casado pocos años atrás, justo antes de que Manuel decidiera jubilarse y tras la repentina muerte de doña Pura. María era la cuidadora de la señora y la que llevaba la organización de la casa, y Manuel, hijo único, había dedicado la mayor parte de su vida al trabajo y a cuidar de su amadísima madre, desde el momento en que ella ya no pudo cuidarlo a él. Cuando se quedó a solas con María, fue incapaz de prescindir de su presencia y no tardó en meterse en su cama. Bueno, más bien fue ella la que se le coló entre sus sábanas.

Tras varios años de trabajo como cuidadora, María había pasado de sirviente a dueña, y tras el cambio de estatus,  le encantaba registrar en los cajones y muebles de la casa aprovechando las atenciones y libertades otorgadas por aquel hombre rico y soltero, que estaba a punto de pasar a una fase de la vida, donde ya casi todo se le había quedado atrás. Manuel le consentía que hurgara en todos los sitios de la casa, salvo en la parte del desván que él llamó ‘los papeles de la historia de la familia’ y que consistían en unas cuantas cajas de cartón, llenas de documentos y metidas en un mueble sin valor.

Eran felices a su manera. Manuel compartía con ella un extenso patrimonio, heredado de su abuelo, un indiano que regresó de Cuba cuando esta alcanzó su independencia, y María había alcanzado una posición que nunca antes se había podido imaginar.

El antecesor caribeño de nuestro hombre se vino a España tras el desastre del 98 y decidió invertir en la península la riqueza repatriada. Se construyó una casa en la costa granadina, que recordaba de alguna manera a la mansión que había poseído en ultramar. Quiso que su primer hijo naciera en la tierra de sus antepasados y por eso no se demoró en salir de la recién nacida República de Cuba. Entre otras ocupaciones, se dedicó al cultivo de la caña y de la remolacha, y transmitió a su hijo, el padre de Manuel, un patrimonio abultado y diversificado.

En medio de los trastos que guardaban en la buhardilla de la casa solariega, Manuel había descubierto, siendo un muchacho, una caja llena de escritos de su abuelo. Por fuera se podía leer: “Papeles a revisar”, pero por lo visto y por lo bien atado que seguía el paquete, daba la impresión de que quién lo escribió, no había encontrado aún el momento de revisarlos, o no lo encontró nunca. Entre los documentos, halló una especie de diario que leyó con avidez y que nunca compartió, ni comentó con nadie. Tras la experiencia de sentirse engañado por María, volvió a acordarse de él y aprovechando una visita a la antigua casa familiar, lo rebuscó y lo releyó de nuevo.

Revisó un trozo que decía así:
19 de Febrero de 1900
“No puedo aguantar más. He tomado una decisión irrevocable y no me echaré atrás. Lo tengo todo planeado y mañana será el día apropiado. Es nuestro segundo aniversario. Iremos a la playa y nos meteremos en el mar. Sólo será cuestión de unos segundos y se acabará el problema para siempre”.

Su abuelo se había casado en segundas nupcias con una joven cubana, hija de unos amigos, que también se habían repatriado a España tras la Guerra de Cuba, y que se habían instalado en el mismo municipio del sur de la península. Su abuela carnal había fallecido de fiebres puerperales poco después del parto de su padre, y la joven y hermosa cubana, ocupó el lugar de la ausente, para hacerse cargo de la criatura y para consolar al doliente, pero no pudo disfrutar durante mucho tiempo del estado de  casada, pues murió trágicamente ahogada en un desagradable accidente costero.

El padre de Manuel, que se quedó dos veces sin madre, falleció a mediana edad, con un único hijo en plena adolescencia e incapaz de afrontar la repentina situación planteada al desaparecer su progenitor prematuramente y tener que afrontar los negocios familiares sin disponer de la experiencia necesaria. Su viuda madre, doña Pura, le ayudó a salir adelante y de alguna manera lo siguió manteniendo, durante toda su vida, bajo sus faldas. La atención de Manuel a las empresas familiares y a su progenitora le absorbió, año tras año, todo su tiempo disponible, hasta que siendo ya una persona mayor, decidió compartir su vida con María.

Manuel siguió releyendo aquella especie de diario:
28 de Febrero de 1900
Metimos los pies en aquel espacio liso y transparente, a pesar de lo fría que se manifestaba el agua de la charca a esas alturas de febrero. Pero el sol lucía fuerte y casi sudábamos con la ropa que llevábamos puesta. Nos reímos. Nos montamos en la barca que con anterioridad había ordenado que llevaran a la laguna de la playa, y la convencí para dejarse conducir a remo en el mismo bote en el que le había declarado mi amor dos años atrás. Crucé aquel espejo para dirigirme a la zona de desagüe, hacia el mar. Ella, confiada, con su parasol y sus vestidos blancos, cerraba los ojos y rememoraba su primeros años de juventud en Cuba. ¿O quizás pensaba en alguien que no se encontraba a bordo? Cuando un leve traqueteo hizo oscilar a la pequeña nave y le hizo abrir los ojos, se dio cuenta de que estábamos en pleno mar. Yo seguía remando hacia dentro y ella se asustó de alejarse de la playa. Intenté convencerla de que quería darle un paseo a remo, pero no se dejaba persuadir. Me pareció que ya estábamos a una distancia conveniente teniendo en cuenta que no sabía nadar. No se veía a nadie en los alrededores de la playa  y en las proximidades de la charca, entre las cañas, se podía distinguir en solitario, el moderno automóvil familiar, sin que se viera a nadie tampoco. La persuadí de cambiarse de sitio para regresar y cuando estaba de pie, hice balancear la barca con todas mis fuerzas. Cayó al agua e intentó agarrarse al borde de la pequeña embarcación, pero le golpeé las manos con el remo para que lo soltara. No olvidaré sus ojos desorbitados, implorándome ayuda y al mismo tiempo clavándome una mirada de miedo. Le oí decir el nombre de Eduardo, o me lo pareció oír. ¡Maldita adúltera, en un instante tan trágico, llevar tus pensamientos hasta el amante oculto!
Cuando la empujé hacia el fondo con la punta del remo, estuvo a punto de arrojarme al agua, ¡cómo se agarraba al extremo de la pala, la condenada! Tuve que soltarlo antes de destapar el agujero que había causado y ocultado con anterioridad en la barca. Quitado el corcho, me eché al agua por el lado de tierra y nadé hacia la orilla. Me costó, pero llegué sin problemas, como esperaba. Ya estaba entrenado. Ella, en cambio, desapareció entre las aguas. Me sobrecogió que no gritara, que no provocara todo el ruido posible, que no pidiera ayuda a voces. Me quedé impresionado por su mirada y por su silencio. Y hasta ahora no me la he podido quitar de la cabeza. Por un lado, parecía que hubiera querido aferrarse a mí con los ojos, pero al mismo tiempo percibí que su rechazo a asirse a mi persona era mayor que su miedo hacia la muerte.
Mojado, llegué al coche y fui a pedir ayuda. Regresamos y estuvimos buscando su cadáver. Nos costó varias horas encontrarla. Lo hicieron unos pescadores, que la hallaron envuelta entre sus desplegadas ropas blancas, que la tapaban a modo de mortaja. Todo el mundo aceptó mi versión y lloramos la pérdida de la encantadora y joven esposa. Disfruté al ver a Eduardo lleno de lágrimas. Ya solo me falta la segunda parte.

Manuel dejó de leer y pensó en su abuela adoptiva. Aquella joven que agradaba a todo el mundo y que desapareció en la flor de la vida, dejando a su abuelo viudo por segunda vez, en poco más de dos años. Convertido en una persona solitaria, dicen que decidió no volverse a emparejar y contaban que desde entonces empezó a visitar frecuentemente ciertas casas de mujeres de alterne, que según rumores, fueron las que le contagiaron aquella enfermedad fatal, que lo llevó hasta la muerte. Su padre que tenía tres años cuando se ahogó su madrastra, se crió sin madre. Quizás fue por eso, que de adulto, se buscó una esposa tan protectora como resultó ser doña Pura: para paliar tanta falta de cobijo.

Manuel siguió leyendo parte de la historia anterior, en la que se describían las sospechas de una relación oculta de una joven esposa con un tal Eduardo, un joven culto de la clase más pudiente del pueblo, que siempre estaba atento a las necesidades o a los caprichos de la joven cubana, y que acabó seduciéndola.

Nunca se atrevió a comentar con nadie el contenido del diario que había descubierto en el desván de la casa familiar. Sacó el tema con distintas personas, pero todos contaban el trágico y desafortunado accidente de la misma manera, cuando el abuelo y la joven casada eran dichosos y el indiano parecía haber encauzado su vida y la de su pequeño hijo, con la llegada de la alegría personificada. Todo el mundo los recordaba como una pareja alegre y feliz. Preguntó por un tal Eduardo y tras muchas pesquisas, encontró que hubo una persona con ese nombre que se marchó a vivir a Madrid, más o menos por las mismas fechas del trágico accidente, y que nunca más regresó, ni se supo de él…
   
Desde hacía unos años Manuel se había instalado en el valle cercano a Pueblo Empedrado Fue justo después de jubilarse. Había comprado la casa con anterioridad, en vida de doña Pura, y era una vivienda de lujo adaptada a una persona mayor, pero a ella le gustaba más vivir en la costa, en la antigua mansión solariega, y nunca quiso estar más de unos días en la montaña, aislada de sus pequeñas y cotidianas manías. Doña Pura estaba enamorada del mar.

Allí, en la urbanización, conocieron a un joven artista, con el que de inmediato hicieron una fuerte amistad. María y el atractivo vecino tendrían más o menos la misma edad y en multitud de ocasiones cenaban y comían los tres juntos. En muchísimas más oportunidades en casa de Manuel, que en la de David, eso es cierto, pero esto a nuestro rico personaje no le importaba, pues a su manera, era un hombre generoso. Manuel no sospechó nada del engaño de su mujer hasta el día que regreso a buscar el dinero olvidado. A partir de ahí, estuvo más pendiente y obtuvo un mayor número de evidencias.

Un día, en una cena de tantas, a María se le ocurrió que podían bajarse los tres a la playa a pasar unos días en la mansión familiar. A David le pareció una gran idea y Manuel aceptó sin protestar…

II

Mariona, la joven cubana trágicamente fallecida en febrero de 1900, se encontró confundida cuando aquel amigo de sus padres, cubano como ellos y recientemente enviudado, le propuso contraer matrimonio tras haber cumplido apenas los dieciséis años. Ella se encontraba a gusto con él y se dejaba cautivar por sus atenciones, pero se consideraba muy joven a sí misma para hacerse cargo de un hijo y organizar una casa. Aparte de eso, ella quedaba satisfecha con besarse y hacerse alguna que otra caricia, y le causaba pavor saber que los hombres utilizaban a las mujeres para satisfacer sus pasiones, o al menos, eso era lo que le habían contado. Fue su madre, la que a fuerza de hablar con ella, la convenció para que aceptase, ya que no era nada despreciable la posibilidad de unir sus bienes con el patrimonio familiar del agraciado viudo, que pasarían así a constituir la mayor fortuna del lugar. Por otro lado, la progenitora insistió a su hija, en que una de las funciones de la mujer, aparte de la crianza, era satisfacer las apetencias masculinas de su esposo para que no tuviera que ir a buscarlas fuera del matrimonio. Le contó que ella siempre lo había hecho así con su padre y que les había ido muy bien. Tendría que tener sus propios hijos y se daría cuenta de que los sentiría de una manera distinta a como pudiera querer a aquel pequeño huérfano de madre. Le insistió hasta la pesadez en que debía tener a sus propias criaturas. La niña quedó convencida por los consejos de su madre e intentó fijarse más en las atenciones que le prodigaba el viudo y en el estatus de que podría disfrutar, y obvió como un mal menor, las entregas inapetentes a su esposo. Pero he aquí, que la joven conoció a Eduardo y algo en ella cambió.

Eduardo había estudiado en Madrid y era un hombre joven, de mundo, que sin obligaciones laborales inmediatas, disfrutaba de un tiempo libre que le hacía estar siempre disponible para acompañar o agasajar a su joven amiga. Se entendieron a la perfección desde el primer momento  y junto a él, sí que se despertaron de golpe los apetitos carnales en el cuerpo de Mariona.

Esto es lo que escribía el marido sobre su joven esposa, tras un año de convivencia:

20 de febrero de 1899
Llevamos un año de casados y Mariona no se queda preñada. No es extraño, pues a penas se deja hacer. La vivo de forma desquiciada, ya que a veces, la encuentro feliz conmigo cuando le tengo un detalle o me comporto juguetón, como si fuera una niña a la que le encantan los regalos y los juegos, y sin embargo, me rechaza y me tacha de bruto cuando quiero encontrar en ella a la mujer que busco. Hemos paseado en barca por la misma charca en la que le declaré mi amor y ella se ha reído y ha disfrutado de la tarde. Esa noche estuvo más condescendiente y llegamos a todo.

Una página más adelante, se podía leer:

19 de Junio de 1899
He estado mucho tiempo sin poder escribir. Me parece que Mariona y Eduardo se encuentran con demasiada frecuencia. Desde que conocí a este joven, me ha gustado invitarlo a casa y departir con él los asuntos nacionales e internacionales. Es una persona culta y ha estado viviendo varios años en la capital de España. Supera con mucho a las personas que puedo encontrar en los alrededores. Su mismo padre es un patán que no ha sabido hacer otra cosa que acumular dinero sin invertirlo. Su madre sí es también una persona interesante. Desde el primer momento vi que Eduardo podría ser un aliciente más para Mariona, hasta que según él, se marchara a trabajar de abogado a Madrid, en donde pensaba montar un bufete con otros compañeros. Me gustan sus puntos de vista y lo considero un joven formado y sensato del que se puede aprender.
Las visitas de Eduardo se han hecho cotidianas y solemos marchar los tres en las salidas. No obstante, en muchas ocasiones, los negocios me mantienen ocupado y salen ellos dos solos. Por supuesto, siempre los acompaña Jaime, el chófer, y hay ocasiones en las que se hace acompañar con algunas de las chicas de servicio, que comparten más o menos su misma edad y que le hacen compañía, salvando siempre las distancias, eso sí. No sospeché nada hasta que Jaime me puso sobre aviso. De manera simple, con la gorra entre las manos y cabizbajo, me dijo:
- “Con todos mis respetos, Don Manuel, debería usted prestar más atención a las salidas de su esposa”.
Aquellas palabras fueron el inicio de una sospecha y de la necesidad cada vez más acuciante, de recibir un informe detallado de las actividades que realizaba Mariona. Jaime, el pobre, respondía con apuro a mis preguntas, que descendían a detalles concretos que él se resistía a dar. Empezaron a prescindir del coche familiar y comencé a no saber exactamente, donde habían estado. Se desataron mis celos y comencé a sospechar en todo momento, tanto si estaba más amable de lo normal conmigo, como si estaba más distante que de costumbre. Hubo un par de ocasiones en las que los seguí y descubrí como viajaban hacia la población vecina en un coche prestado y como se perdían en un hotel de carretera. No me hizo falta escuchar sus posteriores mentiras para saber que me ocultaban su relación prohibida. Intenté que no se me notara nada en mi trato cotidiano, pero escuchaba los comentarios de la niña-mujer con desasosiego, intentando descubrir en sus palabras cualquier tipo de sutileza o de contradicción.

En otras páginas posteriores podía leerse:

12 de octubre de 1899.
Hemos celebrado la Fiesta del Descubrimiento. Mariona estaba espléndida. Va ganando belleza con los años. Nos hemos reunido en los jardines de muestra casa con varias personalidades de la comarca, con mis consuegros y con varios otros amigos. Por supuesto, también estaba Eduardo, que no se acaba de marchar a Madrid. Si no lo hace en un breve periodo de tiempo, creo que tendré que actuar. Se me pasan ideas muy oscuras por la cabeza.

Algunas hojas más adelante, se decía:

1 de enero de 1900.

Hoy hemos tenido la polémica de si en este año que comienza, termina el siglo XIX o comienza el siglo XX. Sea el último año de un siglo o el primero de otro, Eduardo ha decidido quedarse en la costa andaluza hasta pasado el próximo verano, por lo menos. Incluso apuntó la posibilidad de no dar más largas a los compañeros con los que montará el bufete en la capital del reino, y que reclaman insistentemente su presencia, y planteó que podría desistir de esa idea para establecerse aquí, en la comarca. Si cree que no estoy al tanto de su relación oculta con mi esposa, es que me subestima.

Entre otras informaciones y datos de sus empresas, y diversos comentarios de la actualidad política de aquel momento, Manuel encontró estas líneas algo posteriores:

29 de enero de 1900
Mariona me ha confesado hoy que se encuentra embarazada. He sido el primero en saberlo, según ella, y le hace mucha ilusión darme otro heredero y un hermanito a mi primer hijo, que también la llama mamá. En un primer momento me he dejado contagiar de su alegría y me he creído lo que me decía, pues no hemos dejado de tener relaciones íntimas, aunque estas sean cada vez más esporádicas. Pero, después he estado recordando encuentros y creo que no es posible que desde Navidad no hubiese tenido una anterior falta. ¿Desde cuándo lo sabe?¿Será de otro hombre?
Le he pedido que no diga nada a nadie, ni a su madre, hasta que tenga otra evidencia. Espero que no se le note. Mis planes iniciales para hacer desaparecer a Eduardo, facilitándole su instalación en Madrid, han cambiado a otros más oscuros. Tengo que pensarlo todo muy bien.

15 de febrero de 1900

Todo está preparado, sólo tengo que decidir el momento.

Manuel, María y David acudieron con el vehículo todo terreno hasta la orilla de la laguna. Aunque era verano y cada año se veían más visitantes en las playas y en cualquier lugar de la comarca, la charca seguía siendo un lugar solitario, ya que quedaba dentro de la extensión de una de las fincas de Manuel. En la zona costera sí había a veces gente bañándose, pero era raro encontrar a alguien en aquella laguna, como no fueran algunos observadores de aves.
Aquel día no había nadie y tras correr y divertirse dentro y fuera de la charca y pasando del agua dulce al agua salada y al contrario, decidieron tumbarse en sus toallas y tomar un ratito el sol prudentemente. María se ofreció a ponerle crema a los dos, pero ninguno se había acordado de echar una loción protectora. María tampoco. Tumbados, bajo el sol, los tres dejaron volar sus pensamientos. María pensaba en lo que sería convertirse en la dueña de todo aquello si Manuel faltara. ¿Qué pasaría si le pidiera a David que…? Manuel pensaba en su abuelo y en la posibilidad de que se repitiese algún suceso en aquella laguna… David imaginaba no tener que guardar las formas para disfrutar libremente con aquella mujer, que no era para él nada especial, pero que le permitiría acceder a un montón de caprichos, si a Manuel le pasara algo …

Fue Manuel, el más precavido contra el sol, o quizás el que terminó antes de diseñar un plan, el que interrumpió aquellas ensoñaciones
- ¡Pongámonos en marcha! No podemos tomar tanto sol. Nos podemos quemar.
- Sí, es verdad. No nos hemos puesto crema protectora y podemos acabar como salmonetes – corroboró María
- ¿Por qué no nos tomamos una cerveza y un pescadito? – propuso David.
- Vamos, yo os invitó – accedió Manuel.


Y henos aquí, que pocos día después, los tres se encuentran en la playa cercana a la charca que describía el abuelo de Manuel en sus diarios, con sus planes preparados y sus decisiones tomadas: María y David habían pensado montar un accidente en el que feneciese Manuel. Manuel había pensado cargarse a María y echarle la culpa a David. Y David había pensado hacer desaparecer a Manuel y chantajear de por vida a María… Lo que en realidad aconteció fue bastante diferente como consecuencia de un pequeño detalle sin importancia, pero eso es motivo de otra historia más larga que ya os contaré en otra ocasión más apropiada. Por ahora, dejemos aquí la historia de nuestros personajes de la charca de cristal…