lunes, 20 de febrero de 2017

Un saludo muy sincero

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Isabel, a sus once años, es ya una vieja. Sus muchas obligaciones y responsabilidades la han hecho madurar en plena infancia. Mientras las otras niñas juegan a la comba, al pillar o a las casitas, ella mece a su hermanito, saca la cabra a pastar o acarrea agua.
Antes de ir a la escuela -no falta nunca- ya ha hecho las camas, le ha dado el biberón a Juanito, ha vestido a Toño de cuatro años y hasta le ha puesto sobre la mesa un tazón humeante de leche con pan desmigado. Ella, con premura, ha desayunado eso mismo y tras coger la cartera y darle un beso a su madre, echa a correr hacia la escuela.
Matilde está delicada de salud y bastante hace con limpiar la casa, ir a los recados con Juanito en brazos y Toño agarrado a su delantal y cocinar para todos, casi siempre gachas manchegas con harina de almortas o patatas en caldo.
Matilde nunca tuvo una vida fácil. Hija sola, se quedó huérfana con nueve años, al cargo de una tía que no la acogió por generosidad sino ante la perspectiva de que le sirviera de chica para todo. Diez años soportó el genio endiablado de su tía y su condición miserable. Afortunadamente, el carácter firme y la sensibilidad de Matilde, no se quebraron.
A los diecinueve años, dejó con alivio la casa de su tía para casarse con Antonio de treinta, un hombre bueno y trabajador que sólo contaba con dos brazos incansables, un trabajo precario y una casa modestísima en el campo, cerca del pueblo; planta baja, el tejado a un agua; en el tejado, bajo el alero, un nido de golondrinas y al lado de la casa una gran acacia. La vivienda tenía una cocina, dos dormitorios pequeños, una cuadra y un corral; en la cuadra una cabra y en el corral media docena de gallinas. A Matilde aquello le hubiera parecido el palacio de un Marajá de haber sabido la existencia de los Marajás; tan grandes eran sus deseos de tener una casa. Al poco tiempo la llenó de geranios y enredaderas que la alegraron.
Al año de casarse nació Isabel y luego Toño y Juanito.
Antonio trabaja de mulero para Don Vicente, el cacique del pueblo, que para más “inri”, también es alcalde. En aquel pequeño pueblo manchego ni una hoja se movía sin el permiso de Don Vicente; es dueño de vidas y haciendas al estilo de los señores de la edad media. Solo le falta “el derecho de pernada”, que seguramente él no le hubiera hecho ascos, pero que su mujer, Doña Joaquina, ricachona como él y con dos ovarios, no se lo hubiera permitido. Sabía la fama de mujeriego de su consorte, que sin necesidad de espada ni lanza, había hecho bastantes conquistas (de soltero, claro) ahora ella estaba siempre ojo avizor y para evitar flaquezas y veleidades en él, contrataba a las criadas más feas y contrahechas que podía encontrar, cosa no difícil en aquella época de miseria y privaciones que quitaba el color de las mejillas e impedía el desarrollo natural de los cuerpos.
Volvamos a Antonio. Por un jornal irrisorio que apenas le permite dar de comer a la familia, trabaja de sol a sol, los siete días de la semana. El amo, tranquiliza su conciencia regalando a sus operarios por Navidad una garrafa de vino de su cosecha (tiene grandes extensiones de viñedos) y un saquito de harina de almortas. Aunque también cosecha cereales en abundancia, darles harina de trigo le parece un despilfarro. Hay que aclarar que si algún año la decisión del cielo es mandar un pedrisco que merma las cosechas, no hay regalo de Navidad, aunque las trojes reventaran de grano por los sobrantes de años anteriores o los toneles de la bodega estuvieran en plenitud. De todas maneras, aquel reparto navideño, cuando tenía lugar, no es del agrado de Doña Joaquina, que lo considera un derroche. “¿No ves que esas gentes son desagradecidas?” Dice para enfriar los pocos entusiasmos de su marido a la hora de ser generoso.
Al atardecer, llega Antonio del trabajo, se acerca al lebrillo del corral, se echa agua a manotadas por la cara y el cuello, se seca y entra en la cocina, agarra una silla y se sienta con aire de estar agotado. En todo el día sólo se ha sentado veinte minutos para comer, o bien en el suelo o cuando hay suerte, en una piedra. Una vez devorado lo que Matilde le ha puesto en la fiambrera, se muere de ganas de fumar un cigarro, pero no hay tiempo. Así que al llegar a su casa y acomodarse en la silla, saca la petaca, lía un cigarrillo de picadura, lame la franja engomada del papel, enciende la yesca con el pedernal y le da al cigarro una gran calada para que el humo invada hasta los lugares más recónditos de sus pulmones. Todo esto lo hace con parsimonia, como un ritual. Ha estado soñando todo el día con ese momento; echa la silla hacia atrás, entrecierra los ojos y se entrega a una especie de éxtasis. Él no sabe del peligro del humo en los pulmones y si ha oído algo, lo relega al terreno del olvido. ¿Quién le va a prohibir el goce de un cigarro fumado en plenitud? Matilde no lo incomoda contándole los pequeños acontecimientos del día: Toño se ha hecho un chichón al caerse de la silla; Juanito tiene diarrea por tomar los biberones con demasiada ansia. Isabel ha vuelto a llorar por las humillaciones a que la somete en la escuela Vicentita, la hija del cacique y a ella, a Matilde, le duele la espalda por el peso de Juanito cuando sale a los recados. Antonio trae cada sábado las míseras pesetas de su jornal y las pone sobre la mesa para que su mujer las administre. Matilde no puede reprimir un gesto enfurruñado, pero pronto se pone a hacer apartaditos: esto para la tienda (donde la cuenta siempre excede del dinero que entrega); esto para tabaco, esto para el pan, un poquito para el cuaderno de Isabel y lo que queda, para el pienso de la cabra y las gallinas. Matilde se ha graduado en remendar calcetines, culeras y rodilleras en los pantalones de su marido, en echar piezas en las sábanas o volver los cuellos de las camisas. Cuida con esmero la ropa que llevaron al casamiento porque no ha vuelto a comprar otra igual. Procura que la cabra y las gallinas coman sueltas fuera de la casa para ahorrar pienso. La leche y los huevos le solucionan desayunos y cenas. Cuando está de ánimos y hay sobrante de leche de huevos, hace algún postre para sorprender a la familia. Antonio se da cuenta de todo esto y agradece tener una mujer tan ahorrativa. Es muy parco en sus demostraciones de afecto. Nadie le ha enseñado que un hombre puede llorar o mostrarse cariñoso sin perder un ápice de su hombría. Cuando nacieron sus hijos, tenía allí, en los adentros, un gozo que casi le hacía daño, por no saber echarlo fuera. Lo único que hizo en las tres ocasiones fue pasar un dedo rudo y áspero por la mejilla del recién nacido y mirar a su mujer con una ternura que le avergonzaba. Ella, cada vez que lo mira, piensa que lo mejor que le ha ocurrido en la vida es haberse casado con un hombre tan cabal.
En la escuela del pueblo Doña Encarna es buena y comprensiva. Mantiene a raya a Vicentita y le afea la risa cuando a veces, pocas veces, a Isabel le vence la fatiga y el insomnio y se duerme un momento sobre el pupitre. Vicentita es particularmente antipática y holgazana. Está muy pagada de sí misma por ser la más rica del pueblo, la que lleva más lazos en su persona: en las trenzas, en los vestidos y hasta en los zapatos de charol. Su madre, cursi donde las haya, la viste de repollo en contraste con las demás niñas que llevan algún que otro remiendo y alpargatas de cáñamo.
Cuando Vicentita lleva a casa las notas su padre se pone furibundo contra la maestra pues no tiene dudas de que la incompetente es ella, no su hija.
Todo esto sucedía hacia el año 1922. Catorce años después, algo convulsionó a España entera: sobrevino la terrible guerra civil. Caciques, militares rebeldes y parte del Clero, se sublevaron contra la República y todo lo pusieron patas arriba. Aquel pueblo no se libró del horror. Para Don Vicente llegaron tiempos gloriosos: se alió con los sublevados y puso en práctica una serie de venganzas por agravios que le corroían por dentro, pero que solo existían en su imaginación. Destituyó a la Maestra, encarceló a un grupo de jóvenes porque militaban en un sindicato afín a la República. Entre esos jóvenes estaba Toño que ahora tenía dieciocho años. Antonio, con mucho respeto, intercedió por su hijo y Don Vicente no solo no lo escuchó, sino que lo dejó sin trabajo. Los falangistas, a las órdenes del cacique, cometieron grandes tropelías entre la gente de bien, solo por ser simpatizantes de la República. Toño fue enviado a un penal situado cerca de la capital de la provincia y a ella se fue toda su familia. El padre encontró trabajo de peón de albañil, Isabel se puso a servir y Juanito que tenía casi quince años, buscó trabajo como chico de los recados en una tienda. Alquilaron una casa en las afueras en muy malas condiciones: húmeda, desbaratada y llena de desconchones y goteras; Antonio, con gran paciencia, fue echándole remiendos hasta que consiguió que fuera habitable. Matilde, siempre resignada y disimulando sus dolencias, siguió atendiéndolos a todos. Isabel que entonces tenía veinticinco años, renunció a las ilusiones propias de su edad y entregaba su escaso sueldo a la madre.

Como el destino es imprevisible, le jugó a Isabel una mala pasada: un día, yendo a su trabajo, vio a Vicentita del brazo de un joven en lo alto de la calle. El corazón le empezó a latir a Isabel descompasado y su primera intención fue escabullirse por una calle transversal, pero Vicentita ya la había visto y con una sonrisa triunfal, se acercaba a ella. Por la mente de Isabel pasó como un rayo el recuerdo de su hermano encarcelado, de su padre humillado, de las lágrimas derramadas en la escuela por culpa de aquella niñata orgullosa y malcriada… Cuando Vicentita llegó a la altura de Isabel, haciendo acopio de una hipocresía descomunal, le dijo: “¡Me alegro mucho de verte!” Isabel la miró de un modo mitad despreciativo y mitad helador, dio un quiebro y se cambió de acera, dejando a Vicentita desconcertada y con la sonrisa convertida en una mueca.

martes, 31 de enero de 2017

Buscando la calma

Autora: Paqui López Sanz


Miro al vacio buscando historias, el papel en blanco me desasosiega. Tengo especial interés en que el lápiz cobre vida, los sentimientos fluyan y las emociones se mezclen con acierto.

Que las palabras se desparramen sobre el papel y que hagan de buenas anfitrionas en esta tarde de relatos.

Que las ideas caminen solas, que paseen la alegría y la calma, el egoísmo y el deseo por los rincones.

Que las letras dancen al son de la mejor melodía.

Que los pensamientos crezcan en la misma dirección y conformen un carnaval de aventuras.

Que vuelen los sonidos y salten las grafías, que bailen juntas y se enamoren, que amanezca nevado de historias.

Que galopen sobre la cama las frases, que se amen y mezclen entonando melodías poéticas, que los ojos le den los buenos días al mundo.

Que los textos siembren el suelo de la habitación, que los personajes florezcan y se regocijen en la luz.

Que las historias avancen llenas de vidas nuevas y sensaciones infinitas.

Que por fin se abra el telón, que la indiferencia muera y que las sonrisas aparezcan; ese es el instante en el que una profunda calma inundaría mi alma.

domingo, 29 de enero de 2017

No lo volveré a hacer más

Autor: Antonio Cobos Ruz

Una intensa calma invadió mi alma cuando comprendí que todo esfuerzo sería inútil, que no podría evitar lo que se me vendría encima, que no había estado en mis manos haber previsto ese problema, y que no existía ninguna salida que yo  pudiera vislumbrar. No podía hacer que el tiempo marchase para atrás y me quedó claro, que tendría que recurrir a alguien ajeno a mi para intentar hallar una posible solución a aquel conflicto.

Continué sentado donde estaba y me sorprendió a mi mismo aquella sensación de paz que me embargó de los pies a la cabeza al concentrarme en mis respiraciones amplias y profundas, y al tener solamente puesta la conciencia en cómo mis pulmones se hinchaban y se encogían, inhalando y expulsando todo el aire que era capaz de controlar. Cerré los ojos, mantuve la espalda recta, y no sé cuanto tiempo permanecí así. Pasaron ante mi todos los momentos más importantes de mi vida: el día de mi graduación profesional con la obtención del premio fin de carrera de mi promoción, la excursión universitaria en la que conocí a mi bella y sensual esposa, sin saber que era la única hija de un alto magnate chino, nuestra larga y romántica luna de miel dándole la vuelta al mundo, la elegancia de nuestros hijos de ojos rasgados tan cariñosos y responsables; después vinieron la embajada y los negocios familiares, y tanta y tantas cosas…

En fin, una multitud de experiencias, tan diversas y tan hermosas, que me pareció una presunción presentarlas todas juntas en tan poco tiempo. ¡Qué lástima que todo aquel compendio de historias de buena suerte se disipara de golpe, tras ese error, tras ese momento oscuro, tras ese paso negativo, tras esa circunstancia de índole fatal! ¿Estaría en las puertas de la muerte? – me preguntaba a mi mismo.

Y concentrado en la respiración y los recuerdos, me quedé profundamente dormido para encontrarme que, al despertar, no sé cuanto tiempo después, continuaba sentado en la misma posición y en el mismo sitio que antes. Nadie había acudido a ayudarme y tendría, yo solo, que solucionarlo todo . Pero, antes de ponerme en marcha, me prometí una y mil veces, en un esfuerzo de constricción y arrepentimiento, que habiendo alcanzado ya los noventa años de edad, no volvería a coger a escondidas las llaves del coche nuevo de mi hijo, y sobre todo, me juré y perjuré no cometer una nueva tropelía, después de habérselo abollado de aquella mala manera, sin posible disimulo, metiéndome de lleno en un árbol que habían plantado en un lugar equivocado de la carretera.


No sabéis, lo que se enfadó mi hijo.

Dos apestados en la mesa de Navidad

Autora: Elena Casanova Dengra

― ¡No, no es posible! ¿Qué me estás diciendo?

― Lo que oyes, Mari Trini, que los primos del pueblo se quedan a cenar con nosotros.

― Venga hermana ―respondió Mari Trini mientras medía la distancia entre las copas y los platos dispuestos en una larga mesa― hoy no es el día de los inocentes.

― Papá  ha insistido para que se queden a cenar, convenciéndolos de lo peligroso que es volverse al pueblo después de la nieve que ha caído.

― Y el viejo este, no podía haberse callado la boca y morirse de una vez. No sé a qué espera. Lleva cinco meses en la cama pero no tiene prisa por marcharse. A esa que lo atiende se le está quedando cara de acelga por estar tanto tiempo encerrada entre las cuatro paredes de su dormitorio atendiéndolo día y noche.

― ¡Mari Trini! ― le reprobó Pepita― ¡no hables tan fuerte que te van a oír las chicas del servicio!

― Me importa una mierda lo que piensen ese par de  papagayos chismosos.

Mari Trini, con una agitación frenética, removió  platos, copas y cubiertos sobre la mesa hasta conseguir un hueco para dos comensales más.

― Y ahora Pepita-  la cara de Mari Trini lucía tan roja  como los pimientos de piquillo-  al lado de quién siento yo a estos dos campesinos que huelen a vacas y estiércol. ¿De Javier? ¿De Elvira? Por dios dejaríamos cerrada para siempre la puerta a sus excelentes y  privilegiados contactos. De qué van a hablar estos dos desmayados con un senador  y una diputada, ¡oh señor!

― Pero Mari Trini, son socialistas y ellos entienden de clase obrera ―declaró con una mueca entusiasta  la hermana.

― ¡Calla Pepita y no seas absurda! Socialistas, socialistas… esos ya no existen. Son personas con una clase y no se merecen estar con el vulgo en una noche tan importante y en mi casa. ¡Ay! ¿Qué vamos a hacer?

― Y con el obispo, él y la iglesia, la iglesia y los pobres…

― ¿Con el obispo? Ese se pasa media noche catando y disfrutando  nuestros vinos para pasar a recitar en estado casi místico todas las virtudes de los líquidos que han ido deslizándose  por su esófago.  Que si  el aroma complejo y elegante, que si  en la boca es cálido y goloso, de equilibrada acidez  con notas balsámicas de madera perfectamente integradas en el conjunto del vino… ¿Tú crees que este par de catetos se van a enterar de algo?

― Estoy pensando en Rafaela y Antonio, están sordos como tapias y no se van a enterar de nada de lo que se diga en toda la noche.

― ¿Tú estás loca o chiflada? Rafaela es la señora más elegante de esta ciudad y él, todo un intelectual, por poco que oigan esos dos… Están también las fotos. ¡Qué horror! ―Mari Trini se echó sus manos a la cara cubriéndose los ojos y negando categóricamente con la cabeza. ― ¡No, no, no! No puede ser, mañana seremos el hazmerreír de todos nuestros amigos y conocidos.

Pepita la miraba con cara de asombro y no sabía muy bien cómo reaccionar ante estos pequeños ataques de ira de su hermana, solo se atrevió a balbucear un «qué pasa».

― ¿Qué pasa, qué pasa…? Marita, Carmen, Desi… y tantas otras. Mañana estaré en boca de todas esas zorras  diviertiéndose a mi costa y colgada en las redes sociales dando vueltas como una peonza, imagínate.

― ¿Por qué…?

― Las fotos, las malditas fotos. Tus sobrinas y todos los demás se pasarán media noche con los móviles haciendo un reportaje pormenorizado de todos los detalles de la cena. ¡Dios mío, papá, hasta el día que te mueras vas a estar dando quebraderos de cabeza a tu familia! Me he pasado casi un mes preparando esta cena para que a última hora me encuentre con este par de marrones.

― Hermana, ¿Te has fijado en el vestido de la prima?

― Cómo no me iba a fijar en la vulgaridad de ese trapo, en los zapatos de mercadillo y su pelo escardado que apesta a laca barata. Para no fijarse…

― ¿Y en el color de los calcetines de él? ― aulló casi divertida Pepita al recordar el contraste entre el blanco inmaculado de sus calcetines y el marrón oscuro de sus zapatos.

― Hay que hacer algo y pronto. Llama rápidamente a Lucia, que venga con todos sus útiles de costura y haga algún milagro con alguno de nuestros vestidos para ella y con un traje de chaqueta de papá para él. No voy a permitir tener a dos ordinarios con pinta de cazurros en mi mesa. Y llama a Carmen, la peluquera. Si alguna de ellas pone pegas las amenazas con quitarles los alquileres y clientes de sus negocios. Pondremos a los primos a nuestro lado en la mesa y seremos nosotras quienes nos sacrifiquemos, qué le vamos a hacer. ¡Maldito papá, maldito!

En ese momento se oyeron voces y pisadas nerviosas que procedían del piso de arriba. Luisa, la médica, había venido a reconocer al enfermo, bajó deprisa las escaleras y presentándose en el comedor les dijo que su padre acababa de fallecer.


Mari Trini y Pepita se miraron con cierta perplejidad y, aunque era una noticia que esperaban hacía tiempo, no creían que sucediera el día de nochebuena. Despidiendo con celeridad a la médica y antes de tomar cualquier iniciativa, cogieron sus teléfonos móviles para avisar a su media docena de invitados de la cancelación de la cena por la inoportuna y tristísima muerte del padre. Cuando apagó su móvil,  Mari Trini, lentamente y con una intensa paz en el alma,  abandonó el comedor pensando: “te has portado papá, por una vez en tu vida, te has portado”

miércoles, 25 de enero de 2017

Mi padre

Autora: Pilar Sanjuán Nájera




El faro, situado en un acantilado, sobre un promontorio alto y escarpado, era visible desde 90 km a la redonda. Aquel mar, particularmente bravío, mostraba sus malos modos en forma de tormentas, galernas y temporales, que eran famosos en toda la región. Por eso el faro atendido por mi padre y anteriormente por mi abuelo, había salvado muchas vidas. Tenía una situación estratégica, allí en lo alto, poderoso y enhiesto. Yo, desde pequeño, aprendí a mirarlo con admiración y respeto.
Desde su base, había que subir 250 escalones, de día iluminados por las pequeñas ventanas abiertas en el torreón y de noche, con linterna. Mi padre es fuerte, fibroso, y sube los escalones con facilidad. Lleva 30 años en el oficio, desde los 22, cuando sustituyó a mi abuelo. Yo seré el sustituto de mi padre, porque me apasiona su trabajo y desde bien pequeño me ha ido iniciando en él. El panorama desde la terraza circular en todo lo alto es grandioso: por la izquierda, la costa acantilada se extiende hasta el horizonte, con entrantes, salientes y bruma al final. A la derecha, el mar inmenso y a la espalda, las cadenas montañosas y los vallecitos verdes y tranquilos.
Cuando se desencadena una fuerte tormenta, olas de más de 30 metros azotan la base del faro. Por la noche, los barcos a la deriva, zarandeados por el temporal, tienen en aquella luz su salvación. En efecto, llegan maltrechos hasta ella y se refugian en el recodo que hay a su derecha, donde una lengua de tierra se interna en el mar formando un rompeolas natural, con una pequeña ensenada de aguas tranquilas y sosegadas; nada que ver con lo que sucede un poco más afuera. En aquella ensenada está el puerto y detrás, el pueblo que se recuesta en la falda de un monte, cara al océano impetuoso, pero preservado de sus embates. Tiene unos 12.000 habitantes. Las gentes, contagiadas de aquella quietud, son pacíficas y solidarias. Esta solidaridad es común en los que viven cerca de costas acantiladas, propensas a accidentes marítimos: naufragios, pescadores que zozobran en sus pequeñas embarcaciones, barcos que no pueden dominar las olas y se estrellan contra las rocas, etc.
Quiero hablar ahora de mi padre, por el que siento un cariño sin límites. Es tímido y por ello le cuesta mostrar sus afectos, pero yo sé que en el fondo es tierno y sensible. Me lo demuestra en pequeños detalles: cuando me coge de la mano para subir los 250 escalones del faro; cuando arriba me asomo a la terraza y noto sus manos protectoras sobre mis hombros. También cuando yo era muy pequeño y entraba en  mi habitación y creyéndome dormido, me tapaba cuidadosamente. Mi madre, en cambio, siempre fue fría, nunca recibí una caricia ni una muestra de afecto de ella.
Mi padre y yo vivimos solos. Cuando yo tenía 8 años, mi madre nos abandonó. Decía que aquella vida de pueblo, con un marido que pasaba más horas atendiendo al faro que en casa, le era insoportable. Nunca he podido entender cómo se puede abandonar a un hijo de tan tierna edad. Las ausencias, cada vez más prolongadas de mi padre, he comprendido después que bien pudieran obedecer al poco calor de hogar que encontraba en la casa. De todas formas, el abandono de mi madre nos hizo mucho daño. Mi padre se volvió huraño y no quería contacto con nadie. Se volcó en mi cuidado, aprendió a cocinar y pasaba más tiempo en la casa. Al salir de la escuela, me llevaba al faro, contemplábamos el panorama, que a él le entusiasmaba, y dentro, me ayudaba a hacer los deberes y me enseñaba mil cosas sobre el mantenimiento del faro. De mi madre, nunca supimos nada, así que poco a poco, aquella herida se fue cerrando.
Vivíamos en la última casa del pueblo, junto a la empinadísima senda que en zigzag subía hasta el faro, distante algo más de 1 km. También se accedía por carretera, cuyo trayecto era más cómodo pero mucho más largo. Los días de tormenta y vendaval, subir por la senda tenía algo de heroico, azotados por la lluvia y el viento, que hacían la ascensión verdaderamente difícil.
Cuando yo tenía 14 años, una tarde, ya anocheciendo, estudiaba en mi cuarto de trabajo, desde cuyo ventanal se veía, allá lejos, en lo alto, el faro. De pronto noté como un fogonazo - había una gran tormenta - y vi claramente cómo caía un rayo sobre él. De inmediato se apagó su luz, la de nuestra casa y la de otras del pueblo. Me quedé unos segundos aturdido, pero reaccioné rápido. Mi padre estaba allí arriba, ¿qué habría pasado? Busqué a tientas un impermeable y una linterna y empecé a subir la cuesta. La oscuridad era absoluta; sólo los relámpagos me iluminaban el camino. Me costó llegar arriba porque el viento hacía casi imposible la subida. Penetré en el faro y ascendí con ayuda de la linterna los 250 escalones. Arriba estaba todo oscuro. El rayo había desconectado los aparatos eléctricos. Los conecté como pude y el faro empezó a lucir. Busqué a mi padre y lo vi al otro lado de la plataforma, en el suelo. Sin duda, la descarga lo había despedido. Le palpé el corazón y le latía débilmente. El teléfono no había sufrido desperfectos y llamé al hospital. Media hora más tarde, una ambulancia nos trasladó hasta allá. Mientras atendían a mi padre, me derrumbé en un banco de la sala de espera, angustiado. Por fin salió un médico y me tranquilizó:
- Tu padre está fuera de peligro. Ha recibido una descarga, pero su corazón es fuerte y en unos días podrá volver a su trabajo.
Nos enviaron a casa y lo cuidé hasta que se encontró con fuerzas para seguir con su rutina.
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Han pasado 18 años desde el accidente de mi padre. Me he casado y tengo dos hijos de 3 y 4 años. He formado una familia con mi mujer, mis hijos, mi padre y yo. Él, por fin tiene calor de hogar. Oigo las risas de mis hijos jugando sobre la moqueta del salón. Yo cuido el mantenimiento del faro, cosa que me entusiasma. Tengo muchos conocimientos de electrónica, que me ayudan en este trabajo.

Se ha hecho de noche. Mi padre, como siempre, sienta a los niños sobre sus rodillas, frente a la chimenea, y les cuenta historias sobre el faro. Esta noche toca lo que le ocurrió cuando era pequeño como ellos; estaba dentro del faro con su padre - mi abuelo - y los ametrallaron creyendo que hacían señales a los alemanes. Fuera llueve y el viento lanza ráfagas de lluvia contra los cristales. El salón está en penumbra; las llamas de la chimenea iluminan los ojos muy abiertos de los niños, que miran como hipnotizados a su abuelo. Mi mujer, que hace punto, deja de tejer y escucha atentamente a mi padre. Hay como una magia en el ambiente. Yo siento una emoción tan honda, que tengo miedo de romper aquella especie de encantamiento y poquito a poco, me voy retirando y entro en el cuarto de trabajo de toda la vida. Me acerco al ventanal. Los destellos del faro, al girar, llegan hasta mi cara. Me doy cuenta de este presente tan apacible y una calma intensa va invadiendo mi alma.