jueves, 15 de diciembre de 2016

Sueños y realidades

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Hacía tan solo siete meses que Andrea se había casado y se dio cuenta de que su matrimonio hacía agua por todas partes. Eso no es lo que esperaba de su nueva vida. Empezó a notar que algo iba mal porque ella daba mucho pero solo recibía frialdad  e indiferencia. 

Inconscientemente, también percibía las grandes lagunas de su estado actual. Lo veía en sus sueños. Andrea soñaba mucho y aquellos maravillosos sueños en color, que cuando estaba soltera le alegraban la vida se habían esfumado.. cuando esto sucedió, aún le quedaban los sueños de volar que eran reconfortantes y bastante frecuentes; sin embargo, últimamente habían sufrido una transformación que le preocupaba porque decían bien a las claras que algo no funcionaba bien en su vida de pareja. Estos sueños de volar, cunado los tenía antes de casarse hacían que se sintiera libre por el espacio; volaba en todas direcciones, como los pájaros. La sensación de ingravidez la llenaba de gozo. sentirse dueña de toda aquella inmensidad, de recorrerla sin limitaciones le hacía despertar llena de optimismo. Ahora era distinto. La primera decepción la tuvo cuando, de pronto, mientras volaba, tropezó con una especie  de campana invisible, como si fuera de cristal que le impedía salir al espacio; probó a escapar en todas direcciones, pero se encontraba con aquella campana que le coartaba la ansiada libertad. Creyó que esta sensación sería pasajera pero no fue así. Sucedía cada vez que soñaba con vuelos. Esta situación le producía angustia y despertaba llena de tristeza; era una tristeza como pegajosa, de la que no podía desprenderse.

Sus sueños en color se habían vuelto grises como su vida. Su afán de volar buscando libertad era solo un simulacro. Empezó a sentirse tan agobiada, tan falta de ilusión, que creyó estar en un callejón sin salida. Sin embargo, algo allí en lo hondo le decía que encontraría la manera de salir y a esa esperanza se aferraba.

lunes, 31 de octubre de 2016

Murió sin avisarme

Autora: Carmen Sánchez


No lo pude evitar y murió sin avisarme. Quizás estaba demasiado distraída y no presté atención a las señales que mostraba o, simplemente, su cuerpo se paró y se negó a seguir luchando, incapaz de tanto esfuerzo.
Me ha abandonado cuando más lo necesitaba, me ha dejado sola y aislada frente a este mundo vertiginoso, que me arrastra y me supera.
¿Cómo avisaré a los amigos? ¿Cómo lo comunicaré a los que no son amigos, per lo deben saber? Estoy perdida en este caos, que supone su ausencia. Las personas queridas, ya lo saben t su calor me anima a seguir adelante. Seré fuerte. Iré a una tienda y compraré otro móvil.
 

domingo, 30 de octubre de 2016

Una atracción irrefrenable

Autor: Antonio Cobos


¡No lo pude evitar! ¡ Y me sentí tan mal al hacerlo, que los sentimientos de culpabilidad, adormecidos durante meses, me invadieron y me convirtieron en un ser despreciable ante mi mismo. Estuve toda la tarde dándole vueltas en mi cabeza, intentando evadirme de ese sino, que parecía ineludible. Pero, fue algo superior a mi voluntad y a mi razón. No pude decir que no. Mi comportamiento fue el de una marioneta sometida a una voluntad externa, o el de un zombi de conducta involuntaria afectado por unas leyes incomprensibles para un ser humano sensato y racional. Además, el hecho de ocurrir a media noche, cuando todos dormían y nadie podía observarme, añadió morbosidad al delito. Caminé a oscuras hasta mi destino, puse mi mano en el pomo de la puerta y la abrí con suavidad, sin el más leve ruido. Sabía donde estaba y alargué los dedos hasta llegar a tocarlo, y con una sonrisa involuntaria de satisfacción, lo aprisioné como pude, lo abrí, cogí un trozo y lo deposité en la boca para deshacerlo lentamente con la lengua. ¡No me martirices más, conciencia!. ¡Ya sé que no me hace bien el chocolate y que tengo descontrolada  la diabetes!
 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Decisión

Autora: Pilar Sanjuán

No lo pude evitar. Cuando sus ojos me miraron, sentí que mi ánimo desfallecía. Noté una conmoción en todo mi ser. Una alteración en mis sentidos. Era como flotar.
Me dio miedo sucumbir a ese encantamiento, pero mi voluntad estaba perturbada. Eran unos ojos profundos, una mirada honda que me atravesaba como si yo fuera de cristal. Si seguía mirándome así, no me quedarían fuerzas para resistirme. Él se acercó sin dejar de mirarme. Cuando estuvo junto a mí alargó su mano buscando la mía. Yo, como una autómata, se la di y lo seguí colgada de aquella mirada, sin poder evitarlo.

lunes, 24 de octubre de 2016

Miguelito, angelito.

Autora: Elena Casanova

No quería hacerlo, sabe dios que no era mi intención, pero la capacidad de aguante tiene sus límites y los míos son bien  estrechos. Así es cómo sucedió:
Después de una odiosa mañana en el trabajo a causa de una pelea con un compañero, de vuelta a casa me senté en la terraza de un bar  pensando que una cerveza  sería más que  suficiente para apaciguar mi ánimo y volver más relajada. Casi todas las mesas estaban ocupadas en un ambiente distendido. Me senté en una soleada esquina y  pedí al camarero una caña. Los primeros  sorbos me supieron a gloria y casi de inmediato olvidé rencillas y malas caras.

Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y  cara de pocos amigos.  Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules,  vivaces y desafiantes,  se posaron en  mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en  una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron  cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición  y a los pocos minutos   arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas  con un agudo  y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a  protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.

Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario,  aceleraba el  ritmo de sus pies  por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar.  —Miguelito, cielo, ven aquí cariño ­­—volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el  concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.

Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitándole primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.

La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos, por fin al saber a su niño feliz.  

Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con  mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida rescató a su pequeño y .se lo llevó.

No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y  poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y  parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.

Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Un extremo lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo  se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una profunda calma invadió mi alma.